Restaurando un escritorio de los años 40


¡Hola!

Unas de las cosas que me apasiona es la restauración de muebles y objetos viejos.
Para mí la restauración  empieza en el momento en el que descubro un mueble o un pequeño objeto en una almoneda  que me gusta, y lo llevo a casa.

Pienso en la historia que tiene, imagino en qué casa habría estado, quien era su propietario, qué secretos habría guardado,  ¡las cosas que nos podría contar si hablara…! Me gusta darles una segunda oportunidad, pues con  un poco de  esfuerzo recuperan su antiguo glamour y disfruto viéndolos  decorar  algún rincón de casa.

Este escritorio lo compré a mi “proveedor” de muebles viejos,  un almacén de almoneda de mi pueblo,  por el que me pasaba casi cada semana, a la búsqueda y captura de piezas que me enamoraran.

Me gustó por varios motivos: estaba casi en perfecto estado -por lo que el trabajo de restauración sería fácil-, porque enseguida visualicé donde lo pondría y… ¡porque en el fondo de uno de los cajones descubrí  un viejo sello de caucho de la empresa de donde procedía! ¡Me encantó el descubrimiento!   Me sentí como Sherlock Holmesdeduciendo la procedencia del mueble y los datos de sus antiguos propietarios.

El proceso de restauración fue sencillo, pero un poco largo. En las fotos podréis observar el cambio del antes y el después.

Lo primero que hice fue decapar el mueble para retirar el barniz antiguo. A continuación, lo lijé con un estropajo de acero muy finito para quitar los restos del barniz y de decapante. Llegado a este punto -y como medida de precaución ya que estaba muy bien conservado, con una brocha, le di varias capas de mata carcomas. Extendí el producto por todo el escritorio y, en los pocos agujeritos que tenía, lo inyecté con una jeringa. Dejé que se impregnara bien la madera.



Pasados unos días, tapé los agujeros con cera. Las hay en diferentes tonos y hay que hacer servir la que se asemeje más al color de la madera. Acto seguido repasé con papel de lija de grano muy fino todo el mueble.


Llegado a este punto, sólo faltaba limpiar bien para que no quedase polvo del lijado y barnizar.  Usé un barniz al agua transparente y satinado. Otra opción es aplicar cera, pero como le iba a dar mucho uso, creí que quedaría más protegido y sería más fácil de conservar si lo barnizaba.

Para acabar, forré los cajones con papel de regalo.

Y este es el resultado. Espero que os guste.

¡Nos vemos pronto!

   

  


Recuperar una vieja caja metálica


¡Hola!

Hoy os voy a enseñar cómo transformé una vieja caja metálica que compré en un almacén de almoneda de mi pueblo. 
Mi primera idea fue intentar volver a dejarla  tal y como era originalmente, es decir, quitar el óxido y pulirla para que recuperara su antiguo estado.  De hecho empecé a hacerlo, pero no me gustó cómo iba quedando, así que decidí hacerle  un cambio radical y opté por pintarla y decorarla. 

El material que usé fue:

– caja metálica, evidentemente
– lana de acero de restaurador, o estropajo metálico,
– esmalte satinado en color rojo inglés,
– barniz mate incoloro,
– papel de regalo,
– cola blanca o de  carpintero,
– cuerda de sisal,
– pistola de silicona caliente.

Primer paso: Con la lana de acero, o en su defecto con un estropajo metálico grueso, froté bien la caja por todas las partes para quitar el óxido. Insistí sobre todo en los rincones y las juntas, ya que es allí donde más se acumula. 

Segundo paso: Repasé de nuevo la caja frotando con la lana de acero fina. Con este paso se consigue que el metal quede fino y suave, y al mismo tiempo preparado para poderse pintar.


Tercer paso: Lavé la caja con agua y jabón para quitar todo el polvo de óxido que había caído, ya que si no se quita bien, al pintar quedan unos granitos. Después la sequé, primero con un trapo y luego con el el secador con el aire caliente para que no quedara humedad y volviera a salir óxido.

Cuarto paso: Pinté la caja con el esmalte de color rojo inglés. Escogí un esmalte al agua para que me resultara más fácil la limpieza de los pinceles. Para evitar demasiado brillo, decidí usar un esmalte satinado. No fue necesario darle imprimación gracias a la profunda limpieza del óxido que hice.
Quinto paso: Una vez seca la pintura, forré el interior de la caja. Para ello, tomé medidas y saqué el patrón en una hoja de diario. Cuando comprobé que quedaba bien, pasé a cortar el papel de regalo. 
Para el exterior y la tapa procedí de la misma manera. 
Sexto paso: Con un pincel extendí la cola blanca en la caja y en el papel. Esperé un poquito a que el papel absorbiera la cola y lo apliqué en la caja ayudándome con una espátula, de manera que quedara bien enganchado y se eliminaran las burbujas de aire que pudieran haberse formado. Esperé a que se secara completamente antes de seguir.
Séptimo paso: Ayudándome con la silicona caliente, enganché la cuerda de sisal alrededor de la caja y también en la tapa. 
Octavo paso: Para finalizar, apliqué una capa de barniz mate, pero sólo en el papel y la cuerda, evitando de no pasarme para que el barniz no quedara sobre la pintura.
El barniz sirve para proteger el papel y la cuerda, darle consistencia; y al mismo tiempo para que sea más fácil de limpiar, ya que se puede pasar un trapo húmedo si se desea.
¡Y ya está! Aquí teneís el resultado.


Bueno, así es cómo yo lo hice, espero que os guste y sirva de inspiración para poder decorar vuestras cajas. 
 


Transformar una caja de vino

¡Hola!
Hoy os quiero enseñar cómo transformé una caja de vino, de las de madera, en una caja para guardar puntillas.
Hace ya más de dos años (lo sé por la fecha de captura de las fotos y concretamente era mayo del 2011) tenía una caja de vino, de ésas que te suelen regalar para Navidad. Y pensé: “Me va a ir genial para guardar las puntillas bien ordenaditas, que tengo muchas y están metidas en una bolsa de plástico, enredadas unas con otras”.
Así que no me lo pensé mucho y me puse manos a la obra. 
Por aquel entonces aunque no tenía el blog, ya tenía la costumbre de fotografiar las cosillas que iba haciendo. Y menos mal, porque gracias a esa costumbre, manía, o lo que sea, ahora tengo fotos de la transformación  -de las que no hice son las del proceso, nunca imaginé que os las iba a enseñar-… Si fuera ahora lo tendría paso a paso todo retratado… je je.
El material que usé fue:
– una caja 
– papel de lija o lijadora eléctrica
– masilla para madera
– pintura 
– cola de carpintero
– papel de regalo
– puntillas, pero también pueden servir cintas, cuerdas, etc.


Primer paso: Retiré el asa de cuerda que llevaba la caja. Podéis observar en las fotos que la caja estaba separada en tres compartimentos a lo largo. Mi idea era hacer dos y a lo ancho, de modo que procedí a retirar los separadores y  a cortar uno de ellos según la anchura interna de la caja.
Segundo paso: Como la caja tenía el sello de la empresa gravado en la madera, tuve que rellenarlo con masilla para que quedara igualado. También miré si había algún nudo en la madera, que a veces tienen pequeñas grietas y las rellené con la masilla. Y, también muy importante, rellené las ranuras por donde encajaban los separadores que había quitado, ya que no los iba a utilizar.
Tercer paso: Una vez la masilla estuvo bien seca, tomé la lijadora eléctrica y empecé a lijar muy bien la caja, por dentro y por fuera. Primero usé un grano un poco grueso, después acabé lijando con un papel de lija muy finito, para que la madera quedase bien suavecita. Con un trapo un poco húmedo la limpié de polvo.
Cuarto paso: Pinté la caja. El color escogido fue el  verde manzana, pués quería un color alegre. Le di dos manos de pintura y la pinté también en el interior.
Quinto paso: Con el papel de regalo procedí a forrar el fondo de la caja y el separador. Para ello extendí la cola con un pincel, puse el papel, lo estiré ayudándome de una espátula y le pasé una capa de la misma cola por encima, para que quedase reforzado y a la vez protegido. 
Sexto paso: Encolé el separador en el centro de la caja
Séptimo paso: Decoré el exterior de la caja con el mismo papel que había usado para el interior, pero aquí no le puse la cola encima del papel. Añadí puntillas a gusto, y cuando ya lo di por acabado… barnicé todo el exterior de la caja con barniz transparente semi-mate. De esta forma, papel y puntillas quedaron más fuertes y protegidos, ya que la caja iba a de tener mucho uso. Añadí el tirador que llevaba de origen la caja (aunque cualquier día lo cambio por uno más bonito) y…
¡Listo! ¡Caja acabada!
Bueno, hay que añadir un pasito más, con unos cartones forrados con el mismo papel hice unas “bobinas” para poder enrollar las puntillas y que quedasen bien recogiditas.
Y ahora sí… ¡Esto es todo!


Una muñeca de trapo que ya vive en Japón

¡Hola chicas! 

¿Japón…? ¿Pero, si está muy lejos? -Pensareis-. Y… ¿Cómo se ha ido tan lejos esta muñeca de trapo?,
Pues muy fácil… me la encargó mi prima para regalársela a la hija de unos amigos japoneses que viven allá y que han estado de vacaciones en nuestro país… ¡Ya está! explicación simple y sencilla. ¿No?
Lo importante es que la niña -según me han dicho-, está encantada con su muñequita.
Esta vez la he hecho con unos cuantos complementos…
Un vestido reversible, de modo que con una sola pieza salgan dos vestidos. ¡A las muñecas presumidas les encanta cambiarse de ropa! Una falda de bailarina con unas  alas blanditas de mariposa a juego, para ponérselo cuando le apetezca bailar. Un disfraz de Súper-Muñeca para los momentos en los que ha de salvar al mundo: lleva una súper-capa de heroína, un súper-cinturón para los súper-poderes y un antifaz para esconder su identidad… y como que, después de jugar todo el día, está muy cansada, tiene, también, una cálida mantita y su almohada para dormir toda la noche al lado de su amiguita… ¡Y todo esto va en una bolsa,  para poderlo guardar todo!!!
Por cierto, intenté darle aspecto de “niña japonesa” así que le bordé los ojos rasgados, y le hice un peinado imitando el pelo lacio que tienen las niñas niponas y al que añadí unos detallitos de flores y lacitos.
Genial, ¿no?  ¡Hasta yo querría una!!!

Mirad, mirad… y si os gusta pues mejor!

La muñeca está confeccionada con telas de algodón, aunque alguna puede llevar algo de mezcla. Para el pelo usé tela de polar, que es muy suavecita. El relleno para el cuerpo es de guata. Mide unos  35 cm. aproximadamente.


 

El antifaz está realizado con fieltro. El cinturón que le aporta los súper-poderes y la súper-capa están confeccionados con tela de algodón y rasete brillante. La capa y el antifaz son reversibles.

La falda elaborada con tul lila, las alas de mariposa son de fieltro y rellenas con un poco de guata. Todo decorado con aplicaciones de flores.
Este vestido es reversible, ¡Dos por uno! Es un vestido recto de talle bajo con vuelo en la faldita, hecho con telas de algodón. 
La mantita esta realizada con la misma tela de algodón de la capa y forrada con tela polar, para que sea muy calentita. Hay también la almohada a juego, rellena con guata.

Todos los complementos caben en la bolsa con asas confeccionada para ello.


Bolsos, otra vez para Eli

¡Hola Chicas!

¿Recodáis a   Eli Marín?  , es ilustradora, y el año pasado me encargó unos bolsos sobre los que luego ella hizo estampar una de sus ilustraciones. 

Pues bien, este año ha repetido.

Este verano me encargó más bolsos.

Escogió el mismo, el modelo de bolso que el año pasado: con las lonetas que tenía en stock realizó las combinaciones de colores que quería y luego los confeccioné.

Han quedado preciosos, aunque esté mal que yo lo diga. Ahora sólo falta que les ponga su ilustración…¡¡¡ Y ya serán la caña!!!

Cuando los tenga acabados os indicaré dónde podéis encontrarlos, por si os gustan y queréis tener uno.


Os dejo las fotos.